"En Jesús encontramos todo"

Congregación de los SAGRADOS CORAZONES
de JESÚS y de MARÍA
Gobiernos Generales de los hermanos y hermanas, Roma

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Vocación y Misión

La consagración a los Sagrados Corazones de Jesús y de María es el fundamento de nuestro Instituto ” (Buen Padre).  De ahí deriva nuestra misión: contemplar, vivir y anunciar al mundo el amor de Dios encarnado en Jesús. María ha sido asociada de una manera singular a este misterio de Dios hecho hombre y a su obra salvadora: es lo que se expresa en la unión del Corazón de Jesús y el Corazón de María. Nuestra consagración nos llama a vivir el dinamismo del amor salvador y nos llena de celo por nuestra misión.                                                                           (Art. 2 Constituciones)

 Este artículo de las Constituciones de los SSCC sintetiza nuestra vocación y misión. Una exposición algo más amplia la puedes encontra en el  primer capítulo de las Constituciones SS.CC. (cliquea para leerlo), común para hermanos y hermanas.

 Y aquí tienes algunos comentados algunos rasgos de nuestro carisma. 

   Carisma es una palabra griega frecuentemente usada en el Nuevo Testamento, especialmente por san Pablo, que significa don, gracia de Dios a la persona o a la comunidad. En la Iglesia a partir del Concilio Vaticano II se ha hecho habitual recurrir esta expresión. En nuestro caso el carisma de la Congregación sería ese determinado don o gracia que Dios ha depositado en los fundadores para constituir una comunidad.
 
   El carisma como todo lo del Espíritu es dinámico y evoluciona, por eso sigue vivo hoy en los miembros de la Congregación aunque hayan cambiado las estructuras y expresiones institucionales. Este carisma marca la manera de entender y vivir el Evangelio, y es esa peculiar forma de entender y vivir el Evangelio desde determinadas insistencias o acentos la que llamamos espiritualidad. La espiritualidad de los Sagrados Corazones está expresada en el capítulo primero de las Constituciones, que es común a hermanos y hermanas. Ese capítulo marca como propio de nuestro carisma los siguientes acentos:
 
   1.- "La consagración a los Sagrados Corazones de Jesús y de María es el fundamento de nuestro Instituto" (Buen Padre). Esta consagración le da su dimensión especial a nuestra vocación particular en la Iglesia. Ella envuelve dos aspectos, sobre todo:  
 
  • Fe en el amor personal, tierno e incondicional de Dios por nosotros y en la forma bondadosa con que él guía nuestras vidas. "El buen Dios es quien nos da su gracia, nos bendice, nos sostiene, nos ayuda, nos guía a través de la vida realiza su obra en nosotros y a través de nosotros". Este constante sentimiento de ser amado, experimentado por el Buen Padre y la Buena Madre, se expresa por nuestra consagración al Corazón de Jesús, fuente y símbolo de ese amor fiel. La conciencia de su amor impregna nuestras vidas y todas nuestras actitudes.
  • María, por su fe, su silencio, su entrega de todo corazón, es un modelo para nosotros en nuestra búsqueda por entrar en el Corazón de Jesús. Ella es nuestra compañía a lo largo del camino.
 
   2.- La vida de Jesús (las cuatro edades: nacimiento, vida oculta, vida pública y muerte) como principio determinante de la misión y ministerios de la Congregación y como inspiración de nuestras vidas. La conciencia de que nadie puede agotar la riqueza y plenitud de Cristo da lugar a una real diversidad en la unidad.
 
   3.- Celo para proclamar la buena noticia del amor de Dios, especialmente a los pobres. Cuando "nos revestimos de la mente y del corazón" de Jesús el servidor, "el amor de Cristo nos apremia". De ese amor fluye nuestra preocupación cordial por las personas, en especial por los débiles y oprimidos. Este espíritu parece extraordinariamente apropiado hoy día como respuesta a un mundo que se vuelve cada vez más despersonalizado y deshumanizado. Ese celo, que brota del amor que Jesús nos tiene, nos libera para responder a las necesidades de la Iglesia y del mundo. Como en el caso de nuestros mismos Fundadores, esas necesidades piden de nuestra parte disponibilidad, movilidad, flexibilidad, un espíritu misionero sin límites. Este espíritu nos orienta especialmente al servicio de los más pobres de la tierra.

   4.- Centralidad de la Eucaristía en la comunidad, como celebración y acción de gracias, nos evoca la donación total y amorosa de Jesús a su pueblo y nos da fuerzas para seguirlo y para entregarnos del todo a nuestra misión.
   
   5.- La adoración reparadora, como actitud permanente y como forma específica de oración, prolonga la celebración de la Eucaristía en nuestras vidas. Ella le da un significado más profundo al sufrimiento en nuestra existencia y nos hace pensar que el pecado del mundo hiere a Cristo particularmente en los pobres y marginados, a los que estamos especialmente dedicados.
 
  6.- Espíritu de familia, de comunidad que saca de la Eucaristía, sacramento de unidad, sus rasgos distintivos de sencillez, fraternidad, hospitalidad y solidaridad.
 
   7.- Una única Congregación de hermanos y hermanas, tal como fuimos fundados. Es una realidad significativa y permanente, arraigada en la fundación misma de la Congregación y no de carácter puramente funcional, sino que es una forma basada en el carisma o identidad de nuestra Congregación. Los hombres y mujeres que se incorporan a la Congregación desde el comienzo estuvieron dedicados a la misma misión apostólica. Miraron su unidad y su colaboración como una parte importante en sí misma de esa misión en respuesta a la sociedad y a las necesidades de la Iglesia como ellos las percibían. En nuestros días, esa unidad y colaboración pueden ser un testimonio verdadero, en la medida en que avanzamos más y más hacia la igualdad y complementariedad de los sexos en la Congregación, en la Iglesia y en el mundo.
 
   8.- La internacionalidad no sólo como un hecho, sino como un valor y un desafío. Nuestro carisma no se agota en una sola encarnación, y cada inculturación del mismo contribuye a revelar explícitamente su riqueza original. La internacionalidad nos llama a ampliar nuestra solidaridad, tanto en la línea del dar como en la del recibir.
 
  Un carisma que se ha formulado en una frase que condensa lo mejor de nuestra espiritualidad y que es por sí misma un reto para todo religioso y religiosa de nuestra Congregación, pues expresa lo que por vocación está llamado/a a vivir:
"Contemplar, vivir y anunciar al mundo
el amor de Dios encarnado en Jesús".